Una lección que nunca olvidarás…


Lillián de León me honra con su amistad, leo con atención sus escritos y el blog que hoy leí me conmovió (lo puedes disfrutar pulsando aquí). Al salir hoy de mi oficina y pasar por mis hijos para llevarlos a casa después de su amado futbol (que a mi me gusta cada vez más) el mayor, que ya empieza a darnos muestras de una adolescencia demandante, me pidió de favor que pasáramos a comprar la edición de febrero de Futbol Total (la cual, por cierto, viene retrasada) a Sanborns y hacia allá fuimos.

Me pidieron varias cosas, me permití comprarles algunas barajitas y nos fuimos a casa.

Al llegar los vi muy grandes, muy serios, muy formales y entendidos, platicando entre ellos y cada uno, a ratos leyendo y se me ocurrió jugar como cuando lo hacía apenas hace una semana ¿o fue un mes? no puede ser posible que sean más de seis meses ¿en qué momento pasó? -pensaba- y me lancé con la propuesta de jugar como jugaba con ellos cuando estaban más chiquitos y yo les decía siempre que les iba a dar “una lección que nunca olvidarás” y acto seguido los tres nos poníamos a jugar luchitas muy alegres y contentos y . . .

y . . .

y eso no sucedió, y hasta entonces me di cuenta de que esa época ya pasó.

Me acerqué a mi pequeño mayor con actitud infantilmente intimidatoria haciendo la ridícula afirmación de darle una lección que nunca olvidaría a lo que me contestó con un frío “ya papá” sin despegar la vista de su lectura y demandando silenciosamente su espacio o como diciendo “que hueva, Papá” y como ya pasé por esas me fui con el menor con la misma actitud a la que por respuesta recibí un “ok Papá, no la olvidaré” mientras seguía leyendo.

Me di cuenta, sin culpas y con gusto pero con la natural nostalgia que se da al trabajar en los desapegos que las luchitas ya son para “niños chicos” no para “niños grandes” como mis pequeños.

Mi hijo menor se dio cuenta de mi pequeña (gigante) frustración y me dijo “ok, Papá, jugamos” y me acerqué solamente a darle un beso. Ambos se quedaron tranquilos y yo, mientras me ganaba la emoción (que es un eufemismo heredado para evitar decir que lloré) me puse a escribir esta catarsis.

Mis hijos ya no son niños chicos, ya son más serenos y yo, yo soy más severo, y así se va la vida, sin embargo agradezco enormemente la oportunidad de haber vivido con ellos esta etapa de sus vidas

Y ya cansado, con ganas solamente de dormir después de días pesados me quedo con esto y sigo adelante…

es una lección que nunca olvidaré.

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