Para quienes buscan la dicha más allá de ellos mismos.

Tenía la intención de escribir esto sin apelar a mí mismo o a mi experiencia; sin embargo, creo que todo el que escribe le regala una fotografía suya a los que tienen la disposición para leerlo. Esta es una historia de libros que sucedió entre libros, pero fundamentada en la responsabilidad y el compromiso, que son sinónimos de amor.

En mi adolescencia le vendía libros a la gente y era muy bueno haciéndolo, el problema es que la ganancia no era mía. Vendía mi tiempo durante 5 horas diarias y recibía una paga nada despreciable para alguien que vivía con sus abuelos. Entre tantas cosas interesantes y aburridas, el trato con el cliente es muy enriquecedor, sean buenos clientes o unos hijos de… Sí, debo confesar que había clientes que odiaba, y lo peor de todo es que te los topas hasta en el cine y ni cómo sacarles la vuelta. En fin, vayamos al grano.

Con relativa frecuencia visitaba la librería una pareja de la tercera edad. El señor, un hombre moreno con canas, no muy alto, ni delgado, de mirada seria y aguda y médico de profesión entraba todos los días saludando y empujando la silla de ruedas en la que iba su esposa, una señora de piel blanca y cuerpo delgado, cabello muy bien acomodado y con una sonrisa en el rostro, era una abuela de las que todo el mundo quiere abrazar. Sus ojos eran claros y su mirada vacía, la señora era ciega.

Siempre llegaban con una lista de libros por surtir. Eran una pareja culta. Generalmente elegían libros de alto contenido literario. Dicen que la felicidad y el amor se notan y de ser así, creo que ellos eran el vivo ejemplo, a tal punto de que me conmovían siempre que los veía y los atendía con gusto.

Más allá del enamoramiento y todas las pendejadas que decimos cuando somos adolescentes está la trascendencia de las barreras como individuos. Esta pareja reflejaba una compenetración muy profunda. No puedo asegurar que su vida de pareja haya sido fácil, de lo contrario no estarían tan felices. El simple hecho de tener que ajustarse a la discapacidad visual propia y/o de la pareja indica que no se la pasaron comiendo miel sobre hojuelas todos los días.

Todos queremos estar siempre en las buenas y con la belleza frente a nuestros ojos, pero pocos se quedan a pisar el fuego cuando el otro está en apuros o literalmente se las ve negras. He de presumir que también tuve la oportunidad de trabajar con personas con ceguera o discapacidad visual y es algo que viví como psicólogo: para las personas no hay nada peor que la pérdida de la salud y la autonomía. Afortunadamente y aunque se justifique la naturaleza infiel del homo sapiens, existen personas que son capaces de hacer pactos y permanecer con el otro, sea con frijoles o con jamón serrano. Tenemos muchos ingenuos que, a ojos cerrados y sin argumentos, abogan por una vida en solitario y son compromisos. Desde el punto en que se mire, es mejor tener una buena compañía que una perfecta soledad, porque el otro nos transforma y nosotros transformamos al otro.

Me preguntaba a mí mismo si el matrimonio es para cualquiera y después de tantos tropezones e historias escuchadas he llegado a la conclusión de que no. No cualquiera puede ni merece estar en matrimonio o en algo que se le parezca. Se requiere disposición y voluntad para ser uno con el otro sin olvidarme de mi mismo, para entregar mi vida porque jamás intentaron arrebatármela. Se necesita más que pasión, se necesita carácter, firmeza y dignidad. El matrimonio no es para cualquiera, es sólo para locos, pero locos conscientes de sus decisiones, con la suficiente voluntad para decir “yo elegí” y no culpar al otro de lo que me sucede. El matrimonio suma dos identidades y las convierte en una, pero no es su naturaleza restar la identidad del otro, eso ya es producto de la irresponsabilidad de quienes lo conforman.

Yo nunca me casé, no hay un papel que diga esto o lo otro, ni siquiera un anillo de compromiso. Paso demasiado tiempo solo con la creencia de que me voy a purificar. Viví en pareja por un tiempo considerable y fui muy feliz, pero se me olvidó que necesitaba carácter. Yo fracasé y perdí la esperanza. Algunos de mis alumnos me han preguntado cómo es posible que sea Terapeuta Familiar y de Pareja si me separé. En su momento no supe que responder, pero luego de darle tantas vueltas y de trabajarlo conmigo mismo y con mi terapeuta, escribí lo siguiente:

– Pero, cómo pueden llamarlo a usted “el vínculo” si fue su arrogancia e ingenuidad lo que lo llevó a perder a su esposa e hijo.

– Fue precisamente esa pérdida la que me dio la facultad de guiar a quienes me buscan a rescatar en sus vidas lo que yo no pude rescatar en la mía.

Después de todo, creo que la purificación ha servido de algo. La esperanza se recobra y se vuelve a poner al servicio de la vida. Finalmente algo bueno tienen que dejar los errores y las malas experiencias. No podemos seguirnos culpando de las cosas que no tienen solución, sólo nos queda hacernos responsables de lo que nos corresponde y lamernos las heridas para que la cicatriz nos recuerde el hecho con la intención de no cometerlo de nuevo.

Con respecto a la pareja de la que les hablaba, les perdí el rastro. Honestamente me gustaría saber que ha sido o fue de su vida. Serían un estudio de caso muy interesante.

En lo que a mí respecta, parece ser que soy muy bueno ayudando a las personas. Aún continúo un poco aislado, pero creo que la purificación está surtiendo efecto. ¿Encontraré algún día la materialización de mis ideas y/o una vida como la de los viejitos? No lo sé, pero tengo fe, y ya lo decía el maestro Fromm: el amor es un acto de fe, y quien tenga poca fe, también tendrá poco amor.

¿Vale la pena vivir en pareja?

Respóndeme tú.

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