Por Alejandro Monreal

No muy lejos de casa, al margen de una curva se ven luces de noche. Antes de bajar por la parada de los polleros, expones tu vida si vas de aquí para allá. El camino deja ver la brecha de desigualdad separada por bardas que superan los 3 metros. La carretera exhibe neoplasias, una especie de tumores asfálticos. Estrías y grietas en el puente. Un tumor para cada llanta que transmite la cinética a tu cadera y articulaciones. El volante quiere bailar, pero tú lo sostienes con más firmeza. El peligro ha pasado. Todo tan normal, como de costumbre.

Por la noche, en Albia las luces se prenden. Luces de ejido. El silencio es necio y el ruido aferrado. Una calma aparente y un ruido renuente tranquilizan y encienden a la raza. En Albia unos viven y otros sólo respiran, como aquí y allá. Gente soñando vidas, gente viviendo sueños. En Albia la raza vive bailando y baila viviendo.

Vivir y trabajar,
Trabajar pa´ bailar, pa´cotorrear
Vivir y dormir, descansar pa´volver a jalar.
Vivir al fin.

Para bailar sin música el loco y el indiferente. ¡Qué valga madres! La realidad no es real, yo la creo –dicen ambos-. Los cuerdos y no tan cuerdos saben que para bailar la buena música hace falta un buen conjunto. Con fierros, con cuerdas. Con güiro y percusión. Una buena voz que incite a acompañarla. “Sipiriquipau”, báilele, mi compa.

“Hay un músico en cada ejido”, dice un dicho que acabo de inventar. Desde La Unión hasta Finisterre. El ejido es la madriguera del músico que toca de oído.

Aquí estoy afuera a media curva. Estorbándole al camión.
Las luces de Albia prenden de noche.
Ahí viene el pitero con su fierro. Se le ve la punta.
Una trompeta, un trombón. Quiero tocarlo.
Pitero, tócame el pito que se oye bonito.
Las luces de Albia prenden de noche.
Tóquele, mi compa. Báilele.

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