Para ustedes que ya no están

Para Adriana y Nena

Dicen que somos los únicos seres conscientes de nuestro destino que es la muerte. Es lo que nos vuelve diferentes de los animales, además de la capacidad de tener sentimientos y no sólo sensaciones. He aprendido que al principio somos una esencia sin molde absorbiendo casi todo lo que nos rodea y que llega a través de nuestros sentidos, sin discriminación alguna, sin juicios de valor, sin miramientos morales. Somos una mole de impulsos dirigidos a todas partes sin válvulas reguladoras.

Si al comienzo de la vida fuéramos 10 veces más grandes, terminaríamos por destruir la tierra sin culpa alguna, pero están ustedes. Estuviste tú, que me arropaste con tu piel después de que un grupo de personas desconocidas me ayudaron a salir de tu vientre. Me regalaste mi primer alimento totalmente genuino, preparado en el interior de tu cuerpo. Me miraste a los ojos y le diste una base a lo que soy ahora. Me regalaste un pedazo de existencia en cada mirada. Fue conocernos con desvelos, con aromas y con miedos. El contacto contigo me acercó a las cosas. Mi piel con tu piel a sentir algo más allá de mí. Ya no éramos uno, sino el mundo, tú y yo.

A pesar de tus miedos, me alentabas a descubrir mis horizontes, a destapar mis miedos y vencerlos. Me diste un molde provisional, un fondo blanco en el que podría pintar lo que quisiera sin olvidar lo que me habías enseñado. Me diste una paleta de colores infinitos y me enseñaste cómo usarlos. Tu mano sólo sostuvo la mía por un instante y después continué haciéndolo por mi cuenta. Escuché una voz y vi tu figura marcharse hasta que se perdió: “Ya sabes cómo hacerlo, continúa”.

Entrenaste mi paladar con tus alimentos, con tu forma de prepararlos. Comprendí lo bueno de la vida desde tu perspectiva. Te vi fumar casi todos los días frente a la ventana, a la mesa con tus amigas, incluso en conversaciones que tenías contigo misma. Salías de casa con paso firme, segura de quién eras frente a lo que hay afuera. Decidiste, te arrepentiste, soportaste los golpes de la vida y de los hombres de tu vida. Confundiste amor con lo que no lo era. Lloraste, reíste y lo ocultaste creyendo que yo no lo veía. Me besaste más con calidad que con cantidad, aún recuerdo el último beso. Tu amor por mí se hacía manifiesto a través de tus consejos, de tu regaños, de tu paciencia al ver mis fallos.

Lloraste, reíste, me amaste.

Gracias, mamá.

Gracias, abuela.

Alejandro Monreal

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