Mi amiga la puta

Por Alejandro Monreal

CAPÍTULO SEGUNDO

De cómo Narciso y E se vuelven confidentes mientras dura la cerveza y el dinero.

 

NARRADOR.- Al interior del nait club, las luces policromáticas desorientan un poco mientras te acostumbras. Al centro hay un tubo que va del suelo al techo y alrededor se disponen mesas y salas de vinipiel. Hay una barra demasiado extensa en comparación con la de una cantina tradicional. En un rincón se encuentra una rockola moderna que toca canciones de gustos variados. Ameniza Guns and Roses con un tema sensual: Since I don’t have you.

NARCISO.- ¿Cuánto cuesta una copa para ti? Supongo que si te acercaste a mí es porque crees que puedo pagarla.

E.- (Con un tono dulce y coqueto). Ciento cincuenta, mi amor. ¡Ándale, nada más una!

NARCISO.- Está bien, siéntate.

NARRADOR.- La chica rodea la silla sin dejar de acariciar los hombros de Narciso. Una vez que ha tomado su lugar, aquel rodea su cuerpo de avispa con su brazo derecho, mientras con su mano izquierda acaricia sus piernas. La madrota trae la copa de E. No hace falta ser químico para darse cuenta de que el contenido de la copa no es ni un pariente lejano del alcohol. Narciso bebe y E lo espejea. Ambos se miran. E hace una pregunta estándar para romper el hielo y después continúa.

E.- ¿Es la primera vez que vienes? Nunca te había visto, tampoco a tus amigos.

NARCISO.- No, es mi tercera vez. Los nuevos son estos vatos. Yo a ti tampoco te conocía. Tienes poco aquí, por lo que veo. (Narciso voltea a un rincón en el que hay un gordo con todas las chicas a su alrededor) A todas tus amigas de allá las conozco desde la primera vez. Oye, aquel gordo se está atascando en el lodo. ¿No sientes extraño cuando alguien te toca así? Por cierto, supongo que tienes un nombre real. ¿Está permitido que lo sepa?

E.- No debería decírtelo, pero me llamo E. Y sobre la otra pregunta, hay hombres que son muy sucios y muy groseros. La verdad no me gusta estar con todos, pero son clientes. Lo único que podemos hacer cuando se pasan de la raya es levantar la mano para que vengan los cadeneros a quitárnoslos. Tenemos varias mañas. Si el cliente no nos escoge a nosotros, podemos escogerlo, como yo a ti. ¿Ves a la güera de pelo chino por allá? (señala a una rubia hermosa con una figura atlética). Ella sólo atiende a sus clientes, a nadie más.

NARRADOR.- Mientras E le contaba a Narciso algunos secretos, la rubia de la que hablaba levantaba su falda y dejaba ver una tanga de un rojo brillante que cubría un hermoso monte de Venus abultado y con depilado perfecto. Sentado frente a ella, un hombre de buen ver y entrado en sus cuarenta sostenía a la chica por la cintura y besaba su vientre plano hasta bajar a su pubis. De lejos podía verse cómo aspiraba el aroma de la rubia de entre sus piernas. Antes de que el hombre pudiera continuar exhalando el dulce humor de la china, ésta se voltea y con el culo descubierto lo hunde en las narices del cuarentón. Con gozo y deleite, aquel sacude su cabeza frenéticamente de nalga a nalga hasta quedar bañado por el aroma de aquella. Narciso lucha por no perder la atención hacia E mientras mira con sorpresa y éxtasis el espectáculo ofrecido por la china. No es el único. Toda la atención está centrada ahí. Por lo menos durante un mes, esa escena servirá de material autoerótico en el baño de muchos y muchas.

NARCISO.- Qué bonitos labios tienes. Eres linda, me gusta tu cuerpo. ¿Te molesta que te toque? Por favor, te pido que si algo no te parece me lo hagas saber.

E.- No te preocupes, mi amor (dijo con dulzura). He estado con muchos hombres y tú no eres igual. No eres grosero, ni te ves sucio. Tranquilo, va a pasar lo que tenga que pasar.

NARRADOR.- E tomó la mano de Narciso y le incitó a que siguiera acariciándola con confianza y tranquilidad. Su piel era suave y sus piernas regordetas sin caer en lo grotesco. Tenían la cantidad perfecta de grasa y músculo. Sus ojos verdes miraban fijamente a Narciso mientras hablaba y le hacía preguntas. Parece que el rol que asumió E, era el de una consentidora, una consoladora emocional, como si hubiera adivinado la aflicción de su interlocutor por la expresión en su rostro, por su actitud corporal mientras entraba al club. El tiempo terminó. Quince minutos para ser exacto. Diez monedas de un peso por cada minuto que pases con las chicas y no pueden ser menos de quince. La compañía era muy costosa, Narciso lo sabía, pero jamás imaginó que hablar con una puta sería tan agradable. Le pidió que se quedará otra ronda y ella aceptó, levantó la mano para advertir a la madrota de que el servicio continuaba. Le trajeron otra copa con agua. Siguieron conversando.

NARCISO.- ¿Puedo preguntarte algo? No estás obligada a responder y no quiero ser irrespetuoso contigo.

E.- Claro, mi amor. Ya te lo dije, no me pareces irrespetuoso. Me caes bien, incluso, si no fueras mi cliente hasta podría llegar a quererte. Anda, pregunta.

NARCISO.- ¿Cómo fue que elegiste dedicarte a ésto? Supongo que no es un trabajo fácil. Expones una parte de ti frente a personas que ni siquiera conoces. Corres el riesgo de contagiarte de alguna enfermedad, puedes ser violentada y maltratada.

E.- (Sonríe) Ay, mi vida, eres un amor. ¿Sabes? Tengo dos hijas, soy mamá soltera y vivo en casa de mi abuela. Yo era una chava bien. Estudiaba, tenía amigas, casi no salía, pero me enamoré del papá de mis dos niñas. Sólo que él güei tenía un defecto: le gustaban otras mujeres, la cerveza y la soda. Tú sabes, el ejemplo clásico de las novelas. Aguanté todo: golpes, insultos, hambre y el abandono a mi suerte. Un día dijo que iba a buscar trabajo y desde entonces lo sigo esperando.

NARCISO.- ¿Tus hijas saben de tu trabajo? Es decir, ¿cómo les explicas, qué les dices?

E.- Mis hijas sólo saben que trabajo en un bar vendiendo cervezas a señores y señoras que están cansados y tienen sed. La ropa que traigo puesta se queda aquí, sólo sale cuando debe lavarse. ¿Tengo cara de puta? Todos los hombres me dicen que no para darme el avión, pero en tus ojos veo tus intenciones. Son tan claras como el agua que hay en mi copa, que por cierto, ya te habrás dado cuenta que no tiene nada de alcohol. Tú no me ves como puta, me ves como persona. Lo supe desde el momento en que te vi entrar. Este no es tu ambiente, pero como todos tienes necesidad de lo bello y sensual, por eso me tratas diferente a como lo haría cualquier perro que está aquí sentado. Jamás le creas a una mujer que te dice que sabe que otra mujer es puta. La cara de puta no existe, es un invento. No les creas, mi vida. Sólo los hombres saben quién es puta y quién no lo es, porque entre ellos se ventilan lo que cada una de nosotras nos reservamos.

NARRADOR.- La historia de E atrapaba cada vez más a Narciso. Sus miradas estaban conectadas. Narciso dejó de acariciar las piernas de E y comenzó a acariciar su cara con suavidad. No paraba de ver sus ojos y sus labios. De vez en cuando jugueteaba con los lóbulos de sus orejas aterciopeladas, suaves como piel de durazno. Se acabó el tiempo. Narciso aún no terminaba su sesión de preguntas, respuestas y comentarios y le pidió a E que se quedara con él otra ronda más. Ella aceptó e hizo la señal a la madrota, quien después de unos segundos ya traía la trascendental copa con agua.

Un ente invisible ha entrado por la puerta. Se dirige al pole del centro del club. Atraviesa las piernas de una bailarina rozando su sexo. Joseline se estremece un poco y recupera el ritmo. Sus pezones se pusieron duros. Le excitó el baile, pensó. Aquel ente se posa detrás de Narciso, nadie más lo ve, pero él puede sentirlo.

LA VÍCTIMA Y NARCISO.- Quiero contarte algo. Estoy dolido porque terminé con mi novia. Bueno, si puede llamarse así. Tengo dos meses con ella, supongo. Pero, parece ser que yo estoy haciendo todo y ella me da largas. Dice que sí le interesa la relación, pero nunca nos vemos. Nunca puede. Ya no sé qué hacer. Estos vatos me dicen que está jugando conmigo, pero yo creo que no. No creo que la mujer en verdad quiera aprovecharse de un hombre.

E.- (Suelta una carcajada sabrosa) Ay, mijo (continúa riendo). Voltea a ver a la china. ¿Crees que está ahí por desinterés absoluto? Obvio que no, mi rey. O en mi caso: independientemente de si me pagas o no, ¿crees que te hubiera aceptado la tercera ronda, sólo porque sí? No, mi amor. Estoy aquí en primera porque tienes para pagar y en segunda porque me caes bien. Supongo que ya le diste dinero a esa chava, ¿verdad? Mírame a los ojos. Jaja. Te voy a decir como me dicen a mí: ¿la quieres duro o suavecito? Mi vida, te está usando. No le interesas o está acomplejada. Independientemente de cuál sea la razón, tú estás jodido. No se puede saber quién es puta, pero sí quién es cabrona, mijo.

LA VÍCTIMA Y NARCISO.- Pero, cómo puedes decir eso sí tú eres mujer. Significa que tú también abusarías de esa forma de un hombre. No sé porqué no te creo. A mí me parece que le estás siguiendo el juego a estos vatos.

NARRADOR.- Los tres camaradas opinaban y contaban su versión a E, que sólo se limitaba a escucharlos. Por su parte, Narciso sólo los contradecía para defender su propio punto de vista. Las demás chicas bailaban o divertían a los demás clientes, pero la plática había ganado tanta importancia que Narciso ya no le prestaba atención a otra cosa más allá de E.

E.- Mi amor, el que hayamos sido víctimas no significa que no podamos convertirnos en victimarios. La violencia no es exclusiva de nadie. Es más, al vernos como santas también estás devaluando nuestro potencial para hacer daño. Eso también es vernos como las “pobrecitas” y es negar de cierto modo, nuestro derecho a conocer nuestros límites. No manches, no necesitamos que nos protejan de ese modo. Dejen que conozcamos también la mierda en la que podemos convertirnos por voluntad o por ignorancia. Repito, a esa mujer no le interesas en lo más mínimo. No pierdas tu tiempo.

NARRADOR.- A pesar de la sorpresa del lector, E era una puta culta. No se sabe mucho de sus estudios, solamente de una carrera trunca en trabajo social. Narciso estaba boquiabierto. Sus falacias Ad Misericordiam y Ad Populum habían sido refutadas con un razonamiento modestamente lógico de una bailarina con carrera trunca. Lo que el lector ignora es que cuando La Víctima se adhiere a alguien, esta persona suele apelar a las emociones, a lo insensato.

LA VÍCTIMA Y NARCISO.- (Pensando) Vieja pendeja.

LA VÍCTIMA.- Viendo pues que mi presencia ya no es útil en este diálogo, me dispongo a retirarme de este cuerpo. Hasta luego.

NARCISO.- (Mira su reloj y advierte que el tiempo va a terminar). Está bien, quizás tengas razón. No quiero que te vayas, pero no puedo permitirme otra ronda contigo. ¿Me puedes dar tu número?, prometo guardarlo sólo para mí.

E.- Espera, es que no está permitido. Deja que se descuide la jefa. Ya, rápido… 123 456 78 90.

NARCISO.- ¿Cúal es tu apellido?

E.- … A …

NARCISO.- Muchas gracias. Hasta luego.

NARRADOR.- E se dio cuenta de que Narciso no despegaba la vista de sus labios, así que rápidamente se acercó y rozó sus labios con los de él. Un número quedó registrado en el teléfono de Narciso. La foto de perfil en el Whatsapp confirmaba la identidad de E. Jamás volvieron a hablar.

Un sonido golpeando el suelo comienza a escucharse. El canto del Loco es cada vez más nítido. Se alcanzan a oír las tórtolas. La luna sigue en el cielo…

Continuará…

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