Para La Vida, mi vida

Sin pretensión nihilista, ni afán de alarde. Sin Nietzsche o Heidegger en la mano, ni siquiera Carlos Cuahutemoc me acompaña en mis reflexiones inconformes con la vida. Yo no maté a Dios solito, es más, ni fui yo. Lo hicieron quienes me precedieron, yo solo cargo con la culpa heredada por generaciones. ¡Qué injusto! ¡Son chingaderas! ¿Qué espero de Dios? Nada. Nuestros pedos no son los suyos. A decir verdad, solo le pido y ya me estoy contradiciendo, que no me quite una sola cosa, mi facultad de elegir. Si son inteligentes, pero sobre todo críticos, se habrán dado cuenta que ya me metí en un diálogo con la nada. Estoy entre un dilema metafísico muy cabrón que ni el mismo bigotón ha podido resolver. Acá entre nos, Jesús, el mesías, el hijo de Dios, el tercio humano de la Santísima Trinidad, me caía a toda madre como filósofo, como humano, como persona. Pretendía enseñarnos muchas cosas que en la actualidad se están prostituyendo. El amor, por ejemplo es el fenómeno que más ha sufrido de malversación y reducción a cuestiones materiales y macroeconómicas. En fin, si nos ponemos más serios y mamones, les voy a decir que no niego la existencia de Dios, solo dudo al respecto. La duda no es mala, por el contrario, nos lleva más allá de donde estamos. La duda es un escaneo del horizonte; en el caso de Dios, un horizonte que, considero, no tiene límite. En una ocasión, de manera muy cursi dije lo siguiente:

Nunca llegaremos a conocernos por completo, ya que de lograrlo, terminaríamos conviertiéndonos en un objeto cada vez menos interesante para nosotros mismos. Por tal razón, nuestra ignorancia con respecto a Dios, también debe ser infinita.

¿O sea? O sea que mi postura con respecto a dios es que no puede conocerse por completo, de lo contrario sería aburrido, perderíamos interés, buscar el sentido de la vida dejaría de ser importante. Entonces, dejemos a Dios con sus asuntos y comencemos a romperle su madre al jueguito este que se llama vida y está bien chingón, eso sí, depende mucho de la dificultad en la que juegues. Hay unos muy rifados que se la avientan con un solo crédito, como cuando acababas el Metal Slug con solo 50 centavos. Yo nunca lo hice, pero ya te puedes bajar el emulador y no hay pedo, ahí las vidas son infinitas; pero acá, en el mundo de carne y hueso, las oportunidades son limitadas y se ven afectadas por el nivel o magnitud del acierto o la cagada que hayas cometido. Aquí en la vida, se juega sin hacerse pendejo.

En la vida, como en los videojuegos hay tutoriales, el grandísimo pedo es que no sabemos distinguir dónde y cuándo empiezan y terminan, entonces vamos jugando a lo pendejo, creyendo que hay vidas infinitas. Si te identificas con algo de lo que lees aquí, no te sientas mal aún, todos la hemos cajeteado una o varias veces en la vida. Eso sí, no exageres, aquí no hay cheats, ni gameshark.

El fin de un videojuego es terminarlo, conocer la historia, cuyo final depende de si lo acabas en modo dios o en modo pendejo, perdón, principiante. Al final te dan un chingo de medallas y salen letritas en la pantalla. Bueno, en la vida pasa igual… No, no es cierto. La verdad es que todos ignoran qué pedo con su vida, por lo menos en la adolescencia. Muchos dicen que quieren ser ricos, otros que quieren ser como El Chapo Guzmán, otros realmente tontos quieren ser como El Komander. Jaja. Perdón por la risa, pero están cabrones. En fin hay otros más serios, un poco más profundos, pero que tienen un defecto: ambigüedad. Los primeros por lo menos saben que desean ser capos o cantantes de música barata. ¿Dije música? Perdón. Los segundos la tienen más difícil pues en términos concretos, qué son el amor, la felicidad, la dicha, la tranquilidad. Es evidente que me decanto por los segundos, pero a la vez me siento inquieto. No suelo meterme mucho en discusiones con ellos, solo suelo amarlos, en caso de que lo merezcan.

Ya olvidé qué es la felicidad como un fin en la vida, sólo sé lo bien que se siente sonreír de vez en cuando. Saber que puedes contribuir con la vida y tener la oportunidad de verla materializada. Hace tiempo que dejé de desear lujos. Iba a decir lujos innecesarios, pero todo lujo lo es. He descubierto que puedo prescindir de muchas cosas. Sólo necesito aquello que me permita hacer las cosas mejor cada día. Ya ni lo que consideraba una buena cerveza me produce el mismo placer, ni siquiera el kretek que tanto presumía. Ya ni los perros me gustan. Solo el libro y mi trabajo son mi refugio. Una conversación con Chebo, un abrazo con mis hijos.

¿Qué le pido a la vida? Tiempo, sensatez, inteligencia, razón. No hay ambigüedad, todas son fáciles de definir, de refutar, menos el tiempo.

Quiero tiempo… 200 años o más, como una tortuga. No quiero felicidad, solo tiempo. Tiempo con excepciones… Si no puedo valerme por mí mismo… sácame de aquí.

Hasta pronto.

Alejandro Monreal.

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