Capítulo I. La introduccionsita, alv.

Yo creo que todos tenemos una historia interesante que contar. En mi caso, hay anécdotas sobresalientes y otras que no tanto, de esas que pasan a formar parte del lado gris de la vida, ese del que habla Toño Miranda y al cual debemos aceptar con cierta filosofía, aunque se compare con la sopa más culera que te hayas comido en vida, no por mala, sino porque no sabe a nada, así de fácil, así de triste.

Como la de todos, mi vida está llena de tonos y matices variados, tanto así que ni en hexadecimal se armaría para asignarle un código a cada experiencia… Me parece que exageré, en realidad son un chingo de combinaciones posibles en (hex), así que a huevo se completa y hasta sobran. ¿En qué estaba? Ah, sí, mi amplio catálogo de experiencias, el cual reduje porque no estoy incluyendo mis encuentros del tercer tipo, es neta. Casi nadie me cree, pero mi carnal está de testigo. Él y yo los vimos. Los demás no recuerdan nada porque los extraterrestres les borraron la memoria, es lo más seguro, con algo así como la chingadera que usan los hombres de negro, que por cierto también me los he topado, acuden con frecuencia al Local Metal que está en la Acuña, cerca de las oficinas de El Siglo de Torreón. Ahí van y compran sus discos de black y death. Yo compré ahí mismo mis discos de Children of Bodom. Aún los conservo.

Güei, ya divagué de nuevo, ¡que alguien me detenga, por favor! En fin, de puberto siempre fui muy idealista, muy enamoradizo (aquí entre nos, aún lo soy, pero no hay pedo). Mi familia entera, aunque digan que no, siempre criticó duramente esa parte de mi, decían que era muy pendejo y empelotado. Yo prefiero decir que… Bueno, en realidad no sé qué. El chiste es que un día me cortó mi morrita la Yazmín y dada mi estructura de personalidad y como es normal, me agüité. Yo sé que las familias siempre tienen buenas intenciones, pero, la mía a veces se pasaba de lanza, jaja. Me decían que pensara positivo, que dijera: yo no estoy triste, a la verga, todo está bien. Mira mi sonrisa de perro maltratado (por cierto, los perros no sonríen, no se hagan güeyes). O sea, su propuesta era “engañar a la mente” diciendo que me  la estaba pasando chingón…

Capítulo II. Vamos a ponernos serios.

Fuera de las licencias que me di para expresarme de aquel modo tan peculiar, he de decirles que intentar sustituir una emoción con otra no resulta nada efectivo a mediano y largo plazo. Quizás podamos lidiar con la situación uno o dos días, sin embargo, la mente empieza a cobrar factura poco después. Un estado de ánimo es una reacción que implica biología y aprendizaje. Es un proceso complicado y natural.

Las sensaciones que experimentamos en nuestro cuerpo se deben a la liberación de sustancias neurobioquímicas que comienzan a circular por el torrente sanguíneo, luego de una situación determinada. Además del proceso fisiológico, las emociones también son aprendidas a lo largo de nuestra vida, y una vez fijados los esquemas, se vuelve más difícil reeducarlas, pero no imposible, de ahí la importancia y efectividad de la psicoterapia en sus diversos enfoques.

Como lo he dicho siempre, la psicoterapia no trabaja con el olvido, sino con su entero opuesto, el recuerdo. Olvidar una emoción mediante la sustitución no nos rendirá frutos y sobre todo, no nos proporcionará ningún aprendizaje que nos permita reinterpretar la situación por la que sufrimos. Las emociones deben experimentarse, escucharse y trabajarse. Eso es lo que ocurre dentro de la consulta, eso es lo que hacemos día a día junto con el paciente.

Alejandro Monreal

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