“Me preguntan qué ha sido de El Cuber… y yo sólo respondo que El Cuber ha muerto, que era un capricho de la tristeza, la desilusión y la amargura. El Cuber se fue y le cerré la puerta… Adiós”.

Ahhh, El Cuber. Qué puedo decirles y quién mejor para contarles. Quizás aquellos que lo conocieron, que tuvieron que lidiar con él, que muchas veces disfrutaron de su compañía y otras más lo pudieron criticar. El Cuber vivió dentro de mí, lo viví en carne propia, supe a qué sabía, cuánto pesaba, qué le gustaba y quiénes le gustaban, cuántos labios lo besaron.

El Cuber era un sujeto que salía a patrullar el trayecto de su casa a la escuela y sus alrededores como a eso de las 7 de la mañana y regresaba como a aquello de las 2 de la tarde. El Cuber viajaba en ruta y camiones rancheros, quizás un congre o un rojo, de preferencia directo (si es que se paraba) pues llegaba más rápido, sin tantas escalas. El Cuber vivió en Ciudad Nazas, al oriente de la ciudad, muy cerca de donde escribe esto que lees. El cuber se paró muchas veces en la banqueta del panteón que hoy guarda los cuerpos de su jefa y sus abuelos y algunos familiares y vecinos de la Nuevo Torreón.

Antes de El Cuber había un yo incipiente, un güei, cuya personalidad apenas se estaba gestando, con carencias emocionales, sobre todo de seguridad en sí mismo. Lo que había mucho antes de El Cuber era un niño que se pasó la primaria tapizando sus boletas de calificaciones con puros dieces, un morrillo que se graduó con honores de una primaria en una de las colonia más jodidas (en aquel entonces) de la ciudad hermana, me refiero a Gomitoz, como le dice Chebo. El niño antes de El Cuber se movió como nómada con su jefa y su carnal de Torreón a Gómez y transitó por varias casas entre Hamburgo y Los Álamos. Así es, al niño antes de El Cuber ya no se la contabas, ya tenía callo, era como un terapeuta con un chingo de experiencia al que ya no le puedes contar lo que se siente la contratransferencia con la intención de sorprenderlo, ¡no mames!

El Cuber transitó por 2 secundarias, la #75 en Los Álamos y la #62 en el conocido Ejido San Miguel, Municipio de Matamoros, Coahuila. México. Les debo las coordenadas porque me da hueva entrar a Google Maps (marca registrada), pero si les interesa conocer, en el boulevard Revolución cojas un Matamoros directo o un congre y díganle al chofer que los baje en San Miqui, seguro llegan, neta. El Cuber se ganó su apodo… bueno no, no se lo ganó, se lo regalaron. Déjenme les cuento. El Kili era un vato que rayaba chingón, me refiero a que la armaba un chingo para el grafiti (me vale madres, ya sé que así no se escribe, pero ahorro letras). Bueno, pues resulta que El Kili tenía un nombre que le sobraba aparte del suyo que era Buker y decidió con toda amabilidad y cortesía regalarme el nombre de  Cuber. Recuerdo que lo dijo en tono casi de exigencia que no pude negarme a aceptar el nombre y desde entonces quedé bautizado como “El Cuber” y así me conocían en la secu. Dedo admitir que aunque rayaba más o menos decente, siempre me consideraron toy, o sea que no la armaba, pero en fin, el nombre ya lo tenía y se la pelaban.

Ya que saben la historia de mi bautizo y mi conversión a la religión del grafiti, les contaré quién era El Cuber (bueno, ya saben que era yo). El Cuber era un adolescente con un chingo de pedos, más mentales que reales, como casi todos los adolescentes, pero que igual calan y desmotivan. El Cuber, junto con su carnal tuvo que lidiar con violencia en su chante, cargaba el acoso escolar que sufrió en la primaria y que un pinche prieto con pelo de crispeta intentó seguir ejerciendo en San Miqui, pero se la peló. Además de lo anterior, tuvo que lidiar con la muerte de su jefa cuando tenía 13 años y con la hueva de lidiar con pendejos que se ponían celosos porque a veces, El Cuber “tenía suerte con la viejas”. Entonces, para no hacérselas tan larga, El Cuber creció y vivió con algunos resentimientos que se fueron guardando en lo más profundo de su alma. Eran resentimientos que se volvieron inconscientes y que en lugar de escucharlos, los actuaba (a lo mejor están hechos bolas, pero si me lo piden, en otra ocasión se los explico más detalle). Bueno, pues resulta que El Cuber creció, pero esos resentimientos no desaparecieron. A veces El Cuber la cagaba y culpaba a los demás, se quejaba de todo y no proponía nada, tenía deseos de éxito pero no concretaba nada, la vida, decía él, no era lo suyo.

Hace tiempo El Cuber intentó hacerse más evidente, se cansó de vivir guardado en el inconsciente de su portador, intentó manifestarse a través de la crítica caprichosa, hablar por  hablar, con la boca suelta… verborrea.

El trabajo y la experiencia del receptáculo que lo contiene se dio cuenta. Hoy, las buenas y las malas experiencias lo domaron, lo pusieron en su lugar, en la pizarra del aprendizaje. El Cuber murió, el Cuber se fue… Adiós.

Alejandro Monreal

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