(De la vida me lo he esperado todo, pero de ti, hijo, de ti me espero mucho más. – Mi Madre, 1990)

Cerré los ojos y nos vi juntos, volando lejos, viajando más y me dije:

Enséñale a que se arriesgue, a que le digan que no puede y se salga con la suya.

A que la quieran detener con el pretexto del “destino escrito” y ella cambie la jugada.

Enséñale a reconocer sus errores y aprender de ellos, a sobrellevar las frustraciones y compartir las alegrías.
A necesitar las distancias, a superar la ausencia y valorar la presencia.

Enséñale a desprenderse, a respetar a los animales y cuidar las plantas.

Enséñale a no necesitar siquiera tu apoyo para alcanzar sus sueños, a conducir un auto estándar y dominar una motocicleta.

Enséñala a besar como siempre y como nunca, como la incomparable primera y la irrepetible última vez, a entregarse y reconstruir su vida y no intentar reparar un corazón roto, y simplemente aceptarlo como tal.

Dile la verdad, dile que quizás el amor no mueve al mundo, pero sí hace que el viaje valga la pena. Enséñala a vivir intensamente su sexualidad sin importar sus preferencias, a gastarse la vida como le venga en gana.

Enséñala a no sentir culpa por sus gustos y aspiraciones, a no avergonzarse de sus convicciones ni oprimirse bajo la sombra del ya tan obsoleto pecado. Enséñala a fomentar la paz sin dogmas, enséñale a disfrutar el alimento y cuidar orgullosamente su hogar.

Enséñale a sentirse orgullosa de ser mujer, de ser única e irrepetible.
Dile que es correcto quererse comer el mundo, pero hay que hacerlo sin prisa, para disfrutar la vida un segundo más.

Enséñale a montar hoy en bicicleta y mañana pasear a caballo, a lanzar una flecha, a nadar, a leer, a escribir poesía.
Báñala, vístela, llévala al colegio, espérale a la salida.
Coman fruta juntos.

Enséñala a pintar el mundo y dile cual grande es el universo.

Enséñale a gritar desde una montaña rusa, a cantar, a bailar y reírse a carcajadas, quizás hasta que duela.

A vivir el duelo y superar la nostalgia. Asistan a un estadio y apoyen a un equipo, llévala a una obra, vayan seguido al cine.
Enséñala a vivir sin cadenas, sin etiquetas, a conseguir un empleo que la haga feliz y no uno que odie y solo le dé de comer.

Enséñala a luchar por todo y retirarse cuando no haya más que hacer. A no insultar a los demás, a perdonar y perdonarse así misma. Dile que se aleje de aquellos que no la quieran ver crecer y que abrace fuerte a aquellos que la ayuden a caminar.

No la engañes y dile que ella tiene el poder para conquistar al mundo o ser una villana más.

Dile que es tu princesa, que no necesitará de varitas mágicas para sobrevivir a esta guerra, que ella es más grande de lo que la quieren hacer creer.

Dile que su cuerpo tiene el poder de crear nueva vida.
Muéstrale que no necesita maquillaje para ser bonita, que ella ya lucia hermosa desde que nació.

Dile lo importante que es valorar a un amigo y evitar a toda costa la traición. A serle fiel a sus valores, a no claudicar y destruir los miedos. A decirle adiós a todo aquél que envenena.

Baila con ella, pelea con ella, por ella y, nunca la dejes de abrazar.
Enséñale a cambiar una llanta y a dormir realmente cansada.

Dile que venda su auto y se salga a explorar el mundo. Que se enamore de un desconocido y que sea fuerte cuando le rompan el corazón. Dile la verdad, dile que nadie se muere, que no se pierde, que constantemente se sigue aprendiendo.

Enséñale con tu ejemplo a amar su cuerpo, a manipular, a soltar el timón y dejar que el mar se encargue de llevarla a donde tenga que llegar.

Enséñala a encender el carbón, a lucirse en las parrilladas.
Apóyala en sus estudios, dedícale mucho tiempo a todas sus tareas.

Dile que no siempre va coincidir con la familia, pero a pesar de esto, no se le debe dar la espalda, aunque ésta te la haya dado a ti.
Muéstrale que no necesita marcas ni símbolos para definir lo que ya es.

Que no serán necesarios los tatuajes y, que si decide portarlos, no hay limites para el arte que quiera reflejar. Que sí, que efectivamente su cuerpo es un templo, pero todo suyo, un templo que ella deberá valorar por lo que es sin importar lo que les guste a los demás.

Construye algo con ella y disfruten a su debido momento la inexistencia. Enséñale a entrenar y llevar una dieta, inyéctale confianza, róbale la desesperanza y dile cómo abrir los brazos para dejar ir lo perdido y darle paso a lo que tenga que llegar.

Dile que si algo bueno o malo puede pasar, pasará, no importa lo que diga, no importa lo que haga.

Dale la sabiduría y explícale que todo lo que sube tiene que bajar.

Enséñale a respetar al perdedor y manejar el éxito que baja a toda velocidad cuando se consigue ganar.

Enséñale a no arrepentirse de nada y absolverse a si misma a toda costa.

Enséñale a no exigir ni exigirse de más, a ser paciente.

Enséñale a no seguir tus pasos y no vivir bajo tu sombra.

Explícale por qué no se llama igual que tú y su vida es tan especial.

Cuéntale que su existencia es un milagro que te obsequió tu compañera de vida, y porqué te llevarás su sonrisa a la eternidad.

Obséquiale flores, ábrele la puerta, camina seguro con ella, dile que no todo el tiempo lloverá.

Súbanse al metro, acaricia su cabello, péinala y hazle trenzas. Vayan juntos a un concierto, discutan y, vuélvanse a reconciliar.

Siempre mírala a lo ojos y no le mientas, por favor nunca le mientas, ella entenderá que habrá días que no se puede, que habrá ocasiones en que las cosas no se lograrán.

Enséñala a no ser aprensiva y deshacerse de lo que ya no use, a que comparta lo que tiene de más.

Dile que no se confíe, que todo es temporal, que el suelo tiembla y nos podemos tropezar.

Platícale de tus habanos, de tus pipas, deja que te hate algún día la corbata.

Léele, léele mucho.

Dibújale esperanzas donde no las haya.

Abran una copa de vino y escúchala, deja que te hable de su pareja, de sus sueños, de su futuro, de su pasado y vive a su lado intensamente el presente.

Sé fuerte y, no la juzgues, por favor no la juzgues.
Llora con ella y, si han de sufrir, sufran enteros, sufran juntos, súfranlo bien.

Enséñale a decir adiós cuando llegue la hora, que no se detenga cuando esto suceda, explícale los mitos del paraíso, háblale de la inevitable muerte, de esa que se aparece sin previo aviso, sin saber ni dónde, ni cómo, ni cuándo.

Háblale de no verse más. Dile que somos estrellas en proceso de colapso, y mirar el cielo es mirar hacia atrás, dile que es observar ligeramente el pasado que nunca volverá.

Enséñale lo que no hicieron contigo, para que cuando sus ojos no se vean más y se extrañen, sólo sonrían y duela cada vez un poco menos.

“No sé cuál edad sea la correcta para conseguir la famosa experiencia que no llega, en la hora desconocida, en el eco del sonido, al fondo de la botella, de copiloto en el auto. Estaré esperando me juzgues. Sólo nunca olvides cuánto es lo que te amo y cuánto fue lo que te amé.”

A mi hija…

Charly Colash

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