Son las 8:43 de la mañana y mientras me tomo mi café y pienso en fumarme un tabaco mañanero (lo cual nunca hago) tomo la decisión de no hacerlo (fumarme el mañanero) pero no renunciaré a mi oscuro placer líquido hirviente.

Recibo críticas de mi esposa ya que la madrugada de hoy aproximadamente a las 2 de la mañana desperté en contra de mi voluntad por un severo ataque originado en mi estómago que no pudo ser contenido por las líneas de defensa que la naturaleza nos dió en el esófago: el reflujo me estaba ahogando.

Tosiendo, desconcertado y confundido por haber sido repentinamente despertado de un profundo y hasta ese momento placentero sueño que más se parecía a una orgía compartida con Morfeo que a descanso, súbitamente me encontré al borde de la asfixia por los ácidos embates de mis perjudicados hábitos alimenticios.

Debo alegar en mi defensa que no me considero un tipo testarudo, solo me gusta que las cosas salgan exactamente como yo quiero y, para expresarlo de la manera más correcta, tiendo a intentar cambiar mi realidad para imponerle la idealización que mis patologías y pensamientos han hecho internamente de la misma.

Mientras tomo mi café intercambio unas palabras con mi esposa y la libero de cualquier responsabilidad que pudiera ella experimentar sobre mi decadente salud, sin duda me hace falta hacer ejercicio y alimentarme sanamente y los intentos y esfuerzos que todos quienes me rodean hacen por ayudarme son maravillosos, sin embargo de nada han servido porque el que no ha decidido he sido yo.

Y ello es de preocupar a algunos de mis cercanos pero sobretodo a mi, aunque lo más preocupante haya sido lo que le dije a mi esposa más a manera de afirmación interna que de argumento parte del debate: “de algo nos vamos a morir…” y me preocupa porque el nihilismo de la frase y su asalto a mis argumentos probables sustituyéndolos un instante antes de erigirlos frente a mi compañera denota algo que si bien no me preocupa me tiene maravillado, finalmente estoy abrazando una postura cuyo romanticismo verdadero me embelesa.

No lo sé, tal vez le pusieron algo a mi café porque aunque se que debo poner manos a la obra he preferido seguir escribiendo, disfrutando de mi maravilloso brebaje oscuro hirviente con media cucharada de mascabado habiendo ya desayunado un platillo equilibrado y rico en proteínas, grasa y carbohidratos que se considera “sano” en cualquier régimen alimenticio, prefiero aplazar un poco más la decisión de empezar a moverme de nuevo porque me parece más interesante escribir que saltar, aunque me he prometido pronto “ponerme las pilas” sin embargo mientras bebo mi café y siento las secuelas en mi lastimado esófago pero experimento el placer que la cafeína le da a mi cerebro me repito a mi mismo:

de algo nos habremos de morir…

 

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