“No sabes como tengo ganas de comer lo que mi mamá prepara”, con esta ya había perdido la cuenta de las veces que su mujer le había repetido la frase durante la semana. Era común para el escucharla decir eso desde los primeros días que cumplieron viviendo casados pero después de 3 años y de no visitar a su suegra, quien vivía lejos de ellos (hecho que a el le parecía sumamente conveniente porque no la conocía) empezaba a ponerse preocupante.

La conoció en el sur en un viaje de negocios, llegó por casualidad, como llegan muchas cosas, a un local pequeño en un lugar olvidado del país que se mantenía limpio y en constante ajetreo. Le pareció increíble que un pequeño lugar se mantuviera en tan buenas condiciones tomando en cuenta que, casi nadie pasaba por ahí.

“Debe haber mas tráfico por las noches” pensó.

Lo que captó su atención fue como el pequeño comedor sobresalía entre la tupida vegetación. Daba la impresión de ser un oasis al que se tenía que llegar aunque no hubiera necesidad de hacerlo. Pero el tenía esa necesidad, el hambre no había aparecido hasta que percibió el aroma de la cocina.

Nunca había olido algo igual, una deliciosa mezcla de ingredientes que no podía describir, hablar de cualquier mezcla de especias habría sido en vano ya que simplemente no lo podía explicar, el único pensamiento que tenía ahora que había estacionado su coche era comer lo que fuera que estuvieran preparando en aquel lugar.

Caminó y sintió que casi flotaba llevado por el olor que lo guiaba en un exquisito frenesí de apetito.

Entró y la vio a ella, su futura esposa, que lo recibió con un vaso con agua. Sin cruzar palabras bebió su contenido, nunca había probado un agua tan pura y refrescante. Se sentó y sin cruzar palabra fueron saliendo platillos de aquella cocina, guisos que uno a uno fue degustando el viajante.

Al final del festín ella se sentó junto a el y supo que no podría irse de ahí sin llevársela. La tomó de la mano y la llevó a su coche y sin mas… se fueron.

La mujer casi no hablaba, no era precisamente hermosa, sus negros ojos y su tez morena le daban un aire sobrehumano, su presencia era casi imperceptible, varias veces pensando que estaba solo se sorprendía al descubrir que ahí también había estado su mujer todo ese tiempo.

Tenía la extraña costumbre de acurrucarse en algún rincón casi escondida.

La vida con ella no era mala sino inquietante, hacían el amor solo durante luna llena, tomaban baños de asiento (a insistencia de ella) y nunca, nunca la había escuchado hablar de alguna creencia religiosa. Alguna vez pensó en dejarla pero todo lo extraño y malo que pudiera ser se disipaba cuando ella cocinaba, si era un embrujo el lo tomaba tres veces al día, después de ella el nunca mas comió fuera de su casa. Había ganado mucho peso desde que vivía con ella, había tenido que comprar otro guardaropa ya que su peso era mas del triple de cuando la conoció. Sin embargo no había alguien mas preocupado por su estado físico que ella, constantemente tomaba sus medidas y registraba cuidadosamente su peso.

Sin embargo ella no podía preparar “lo que mi mamá preparaba” y el le preguntaba constantemente que era a lo que ella solo respondía con una pequeña sonrisa “no querrías saberlo”.

El habérsela llevado así de aquel lugar olvidado del país no había tenido repercusiones, la madre nunca la buscó y a el le parecía extraño que ella nunca hiciera algo para contactarla. La única vez que le preguntó porque no hablaba con su madre ella le contestó: “platico con ella todas las noches”.

Emprendieron el viaje hacia el lugar olvidado.

Llegaron de noche.

Nunca mas se supo de el.

El local sigue abierto, en busca de algún viajero que quiera probar lo que ahí se come.

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