A veces me gusta saltar hasta ver la vieja iglesia desde lo mas alto y a veces también me gusta correr tan rápido como el carruaje que pasa una vez a la semana por las mañanas, por eso siempre lo escucho pero nunca lo veo.

A veces me asusta la luz que entra a la casa donde vivo pero a luego viene a tranquilizarme el viejo que se dice mi padre. Hace muchos años que su barba encaneció y su pelo comenzó a caerse. El nunca me deja salir pero no sabe que he aprendido a abrir los candados que me sujetan a la pared del lugar debajo de su casa en el pueblo donde vivimos.

Cuando me libero de mi prisión visito primero su cuartucho, me quedo viéndole fijamente mientras duerme y el instinto surge casi incontrolable, debería agradecer a sus bestias y a su indigna labor el que siempre apeste a campesino, esa es la razón por la que sigue vivo, su olor me provoca náuseas, eso y que a veces me tranquiliza cuando entra la luz.

Después de liberarme soy muy cauteloso al salir rápidamente del pueblo a la hora en la que todos duermen.

Como el viejo me atiende casi nunca sufro hambre, sin embargo en mis ocasionales escapes nocturnos me topo de repente con alguna criatura que ha servido para satisfacer mis efímeros apetitos.

Pero últimamente me encuentro contrariado, he descubierto que no muy lejos, al viajar un poco después del punto del cansancio que muchos hombres experimentan al caminar sin parar se encuentra una fortaleza de grandes muros en donde vive ella, mi inspiración y la razón de mis continuos escapes.

He visitado sus habitaciones y entrado en su biblioteca, he leído sus libros y disfrutado sus perfumes y esta noche he decidido hacerle un regalo.

– La Reina nunca recobró la cordura y murió encerrada en una de las torres del castillo que algún día gobernó.

Por las noches…

a veces . . .

. . . gritaba –

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