majestuosidad macabraSaco urgente la computadora para ponerme a escribir y no dejar que escape de mi el relato que venía pensando mientras caminaba de regreso de la tienda a donde fui a comprar una botella de agua fría.

Me he bañado dos veces en un par de horas para remediar temporalmente el calor que no me ha dejado dormir durante dos noches, siempre he sido muy sensible a las altas temperaturas.

Las ventanas de mi cuarto están abiertas completamente y me muevo en mi cama ardiente con la esperanza de encontrar el lugar perfecto en donde la corriente de aire atraviese este espacio para que refresque mi cuerpo lleno nuevamente de sudor.

El recorrido hacia el autoservicio es muy corto, personalmente prefiero caminar por el camellón central del bulevar sobre el que se encuentra mi departamento que por la acera, ya que dicho camellón es ahora una ciclopista que, de vez en vez, un grupo de entusiastas ciclistas recorre por las noches, un grupo alegre de verdad.

Camino de regreso me llegó una idea a la cabeza: ciertamente estamos viviendo en un museo gigantesco, las cosas parecen inanimadas, como si estuviera yo caminando dentro de una realidad colmada de una macabra majestuosidad.

No hubo una sola hoja de algún árbol que se atreviera a moverse, no hubo un coche que pasara, estaba congelado en el tiempo el fragmento de espacio que recorrí de regreso, tan estático que no hubo nada ni nadie que se atreviera a romper la imagen o el silencio imperantes.

Sólo las hojas de las bugambilias secas en el piso se animaron a jugarme una broma al meter la llave en la cerradura, moviendose lentamente, casi por voluntad propia hicieron un ruido similar al de los pasos de alguien mas, y eso fue lo único que puedo decir en esta noche…

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