La nada, así, perfecta, blanca, vacía, hueca, tan desoladora como el eco, como la ansiedad, la ausencia de todo sentimiento y sensación, la nada circular, esférica, etérea, casi perfecta, reflejando nada, solo estando ahí, inmutable, inamovible, ausente y presente en su perfecta soledad, nadie que ver, nada que hacer, nada que escuchar, ni trabajar, ni comer, ni dormir ni morir, nada en fin, nada en paz.
 
La nada perfecta de perfecta desesperación, de etérea sombra siniestra que se asoma por los balcones de cada casa de cada cuarto de cada palacio de cristal.
 
Que es mujer y te come las entrañas y te invita a invitar a la ansiedad, te funde en el desamor, en la soledad, viste de negro y gris y blanco y transparente, vive en todos los rincones y acecha sin amenaza, solo te observa y te abraza a la menor palabra, te besa y te acompaña y te hace dejar de soñar.
 
La nada no es el ocio, no el olvido, es lo que no es, lo que no existe, la negrura-blancura de lo que nunca pudo ser ni es ni será, lo que sabe que terminará por dejarte sin razón ni voluntad, la no montaña, el vacío, el silencio y la tristeza.
 
Una razgadura en el telón, la puerta que no lleva a ningún lado, la casa vacía, la palabra sin objeto, el hombre sin sentido, ni camino, ni piedra que cincelar. La hoja sin tinta, la nada, nada mas…
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